Hemos crecido temiendo la llegada de este momento. Nos dijeron que la menopausia es el principio del fin, un declive, una pérdida. Pero, si la miramos con otros ojos o si en lugar de verla como un adiós, la abrazamos como un umbral hacia una nueva forma de ser mujer puede que encontremos una época de plenitud, sabiduría y confort interno.
Louann Brizendine nos habla de cómo el cerebro femenino cambia en cada etapa de la vida. Durante la madurez, las fluctuaciones hormonales dejan de dictar nuestras emociones con la intensidad de la juventud, y esto nos regala claridad. Nuestro cerebro se remoldea y mejora sustancialmente, hasta tal punto que puede hablarse de un cerebro renovado.
Jean Shinoda Bolen, con su mirada mitológica, nos recuerda que este es el momento en que la mujer encarna a la sabia, aquella que ya no busca validación externa porque su autoridad surge de su interior.
Christine Northrup lo confirma: la menopausia es una oportunidad para reclamar nuestro poder y vivir de acuerdo con nuestra verdad más profunda. Durante esta transición experimentamos cambios intensos. Nuestro yo interior, honrado, sincero, que durante años ha intentado captar nuestra atención, hace un último intento, mediado por las hormonas, para lograr que encaremos las necesidades, las carencias y los deseos que hemos ido acumulando. Es probable que este se convierta en un periodo de enorme alboroto emocional, en la medida que nos esforcemos por forjarnos una nueva vida, una vida que se acomode a nuestro yo emergente. En la menopausia reanudamos el proceso de ser las personas que estábamos destinadas a ser desde donde lo dejamos en algunos casos en la adolescencia; es el momento de acabar la tarea.
Desde hace millones de años, la naturaleza nos ha acompañado con su sabiduría y si le prestamos un poco de atención podremos ver cómo hacerlo. Así como la luna cambia de fase y los árboles sueltan sus hojas para renovarse, las mujeres atravesamos ciclos que nos invitan a la transformación. Las estaciones nos enseñan sobre nuestra vida y nuestra naturaleza cíclica. Si la juventud es nuestra primavera y la madurez temprana el verano de la plenitud, esta transición y trasformación es nuestro otoño: una época de cosecha, de introspección, de preparación para un invierno que no es sinónimo de frío y soledad, sino de quietud y regeneración. En este nuevo ciclo, el cuerpo nos invita a cuidarlo con más amor, a soltar lo que ya no nos sirve y a conectar con lo esencial.
Pero como bien decían las autoras que he nombrado este tránsito no está exento de sombras. La madurez femenina nos enfrenta con lo que hemos dejado pendiente. Las emociones reprimidas pueden salir a la superficie, las viejas heridas pueden doler con más intensidad, y la sensación de pérdida de juventud, de roles, de certezas puede pesarnos. La sociedad insiste en decirnos que nuestro valor está ligado a la fertilidad, a la piel tersa, a la energía inagotable, y cuando estas cualidades cambian, podemos sentirnos invisibles, fuera de lugar. Es normal atravesar momentos de duelo, de cuestionamiento, de resistencia ante lo inevitable.
Sin embargo, en la sombra también habita el germen de la luz. Este es un tiempo para liberarnos de expectativas ajenas, para sanar lo que aún nos pesa y para reescribir nuestra propia historia. Si antes nos definíamos por nuestros roles en la familia: madres, esposas, hijas, cuidadoras, ahora es tiempo de preguntarnos: ¿quién soy cuando me miro sin etiquetas? ¿Qué deseo para esta nueva etapa de mi vida? La menopausia nos regala la oportunidad de vivir con más autenticidad, sin la necesidad de encajar en moldes que ya no nos representan.
El yoga, como práctica de autoconocimiento, es un gran aliado en esta etapa. Las posturas que honran la estabilidad, la respiración que nos ancla al presente y la meditación que nos ayuda a escuchar nuestra voz interna se convierten en herramientas poderosas. Ya no necesitamos correr detrás de exigencias externas; es tiempo de movernos con seguridad escuchando nuestras necesidades, de ser dueñas de nuestros ritmos y de nuestra energía.
Esta nueva etapa no es una sombra que nos apaga. Es un fuego interno que nos ilumina. Es la oportunidad de entrar en la etapa más auténtica, la de la mujer que ha vivido, ha amado, ha aprendido y ahora puede compartir su sabiduría con el mundo. En lugar de temerla, honrémosla. Como la luna en su fase llena que empieza a menguar, no perdemos luz, sino que la concentramos en nuestro centro. Nos volvemos faro, no solo para nosotras mismas, sino para quienes vienen detrás. Si hay un momento de acción es el presente y nuestro presente nos está ofreciendo con esta conciencia que se está despertando sobre nosotras y sobre esta etapa de nuestra vida a actuar y poder abrir una brecha que hereden y expandan las que vendrán.
Que cada una de nosotras pueda celebrar este tránsito con el respeto y la admiración que merecemos. Porque la madurez no es el final: es la iniciación a una vida con más sentido, más libertad y más poder del que jamás imaginamos.